Exorcismo

      Me había sentado en un café… figurativamente hablando, claro está… Tampoco había pedido un café, porque no hay suficientes sobres de azúcar en las mesitas donde uno se sienta, para hacer que el sabor de esa bebida marrón oscura, y tan bien vista a los ojos de ansiosos, estudiantes e insomnes, me parezca sabrosa. De hecho, con el tiempo estoy llegando a la conclusión de que no es el café, o el té lo que alguna vez me gustó. Siempre fue el azúcar. Pero claro, uno no puede entrar a un local y pedir “un vaso de agua tibia con azúcar por favor”, a menos que quiera que lo tomen por una cucaracha gigante vistiendo un traje de “Red Neck”. Lo que había pedido,como ya es usual, era una leche chocolatada caliente. Es gracioso que siempre te la sirvan en un vaso grande de vidrio y con un poco de desprecio en la mirada. En fin.

 

     Sentado junto a una ventana, con una chocolatada caliente, el típico cuaderno de dibujo que cualquier aficionado lleva siempre en la mochila, y… Y nada más. Cuando me senté tenía todas las intenciones de hacer uno de los dibujos para la escuela DaVinci, para el juego de adivinar el personaje. Es difícil intentar describir cómo uno va divagando con la cabeza y con el lápiz antes de saber y ponerse a dibujar. Definir la pose, el estilo, la iluminación, pensar si el dibujo finalmente se entintará con pincel, microfibra o digital…

 

     Sé que en esos momentos previos a tener en mente una imagen para dibujar, sobre el papel voy dibujando amplias líneas curvas que podrían llegar a ser, o aspiran a  ser la línea que representa la dirección y posición de la columna vertebral de algún personaje aleatorio que haya aparecido por ahí. Y eso es lo gracioso de todo esto, a veces dibujar es enfrentarse a una hoja en blanco buscando un sistema para poder producir, sin saber bien cómo diantres a uno se  le van ocurriendo las cosas que se le ocurren. Es como pretender tener un mapa para una zona inexplorada.

 

     Pasaba el mozo, secretamente reprochándome esa bebida de niño que arruinaba la estampa de su café porteño, decorado con viejos afiches de boxeadores; y lo único que tenía yo en esa hoja de papel eran un montón de suaves líneas curvas (seguramente fruto de la falta de cafeína).

 

Pensé en los 80s, porque los 80s siempre están presentes de algún modo. Pensé en personajes queridos de mi infancia: Los Thundercats (que en aquellos años dividía a la opinión pública entre los que pronunciaban “Los TUndercats” y los más elitistas en cambio elegían decir “Los FOndercats”), Brave Star, He-Man, Alf,…. Alf… Willie Tanner.

 

 

     Me terminé la chocolatada, por culpa, por haber estado en el bar más de dos horas con una sola taza, sin haber dibujado un solo personaje, llamé al mozo (que se dice pronto, pero que me llevó más de cinco manotazos al aire tratando de llamar la atención de ese hombre canoso, grueso y con cara de pocos amigos). Para no repetir, y darme aires de exótico pedí un licuado de durazno; al agua. A todo esto no podía sacarme de la cabeza a Willie, el padre de la familia que había acogido a Alf en su seno (perdonando la expresión). Había descartado dibujar al extraterrestre peludo, porque todo el mundo lo tiene presente, porque siempre está volviendo “en forma de fichas”. Aún así no dejaba de pensar en Max Wright. Sí, después de tantos capítulos uno se termina aprendiendo el nombre de los actores de sus series preferidas.

 

     Habiendo arruinado una hoja de tanta línea curva, de borrar y garabatear una y otra vez; y a medio vaso de terminar el licuado, seguía volviendo a mi mente Willie, pero poco a poco, la imágen de ese delgado hombre suburbano, timorato y amable, que le aguantaba todas las metidas de pata a Alf, se fue transformando en la imagen de una foto borrosa. La foto impresa en papel barato, como de diario. La foto de un escándalo que mostraba a este actor en una situación bastante triste. Una imagen que ponía en evidencia su sexualidad y un problema de adicción. En ambos casos, cosas que no le incumben a la esfera pública. Una y otra vez volvía esa imagen, y la hoja en el cuaderno de dibujo (una nueva) seguía estando en blanco. Me sentí mal, por conocer esa foto, por haberla visto en su momento. Me sentí mal, porque ese tipo de cosa, sean cosas de vender y comprar. Pero lo que más pena me dio fue Willie, el actor, violentado, expuesto gratuitamente para la diversión y la satisfacción del morbo colectivo. Por primera vez y no sé por qué (aunque esta debería ser siempre la primera reacción), lo vi como una persona cercana a mi.Supongo que fue a través de Willie, a quien vi muchas tardes y me divertí con él que pude, conectar con Max Wright.

     Lo desafío a usted, lector casual a tener relaciones sexuales delante de la foto de su madre/padre/tío/tía/hijo/hija… ¿A qué viene todo esto? ¿Qué cazzo tiene que ver esto con lo que venía escribiendo? Por más que pretendamos estar en una sociedad moderna, donde la racionalidad y la lógica son las que marcan el ritmo de las cosas (cosa por demás falsa). Las imágenes siguen manteniendo un componente mágico. Sí, aún hoy en día. Las imágenes son evocadoras, generan una realidad chiquitita donde lo que vemos, lo que está representado es real. Funcionaba para los autores de las pinturas rupestres, funcionaba en los cuadros que decoraban las iglesias, funciona en las publicidades de hoy en día y funciona con la foto de tu madre/padre/tío/tía/hijo/hija…  Por eso es tan incómodo tener sexo frente a la foto de la abuela Ángela, porque de algún modo ella está ahí, siendo testigo de las caras que ponés mientra hacés “la chanchada” y a nadie le gusta eso (o si te gusta… bueno, si te gusta bien por vos). Por eso llevamos fotos de nuestros seres queridos en los celulares o la billetera. Teniendo esto en mente, no podía dejar a Willie congelado en esa imágen triste, impresa en un papel barato. Tenía que conjurar otro final para el anfitrión del querido melmaquiano. Pensé en dibujarlo como un conquistador planetario, al estilo de Flash Gordón, pero pensé que me estaba dejando llevar por mis propias fantasías. Pensé en dibujarlo como un trasunto del último Kryptoniano… Como compañero de Dana Skully, como consorte de Ingrid Pitt, interpretando a Carmilla. Pero finalmente fui a lo seguro. A lo que todos queremos

Willy Tanen con su amor feliz
Mis méjores recuerdos para Willy Tanner

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